Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, “por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte” Rom 5,12. A la universalidad del pecado y de la muerte , el apóstol opone la universalidad de la salvación en Cristo Rom 5,18. Todos nacemos afectados por este pecado y que es la muerte del alma. La transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Adán había recibido la santidad y la justicia original no para él solo sino para toda la naturaleza humana. Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana. Es un pecado que será transmitido por propagación humana, es un pecado contraído, no cometido. El bautismo dando la vida de la gracia de Cristo borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios. Esta doctrina fue precisada el siglo V por san Agustín contra los pelagianos que afirmaban que el hombre no necesita de la gracia de Dios para salvarse y que el pecado de Adán y de Eva no repercute en nuestra condición humana.
El pecado original entraña “la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, el diablo”. Las consecuencias del pecado original y de todos los pecados personales de los hombres confieren al mundo en su conjunto una condición pecadora
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